¿Un Dios distante o un Dios cercano?
- 30 abr
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A lo largo de la historia muchas personas han creído en la existencia de Dios, pero no necesariamente han pensado que Dios esté interesado en la vida humana.
Para muchos, Dios sería el creador del universo, la causa primera de todo lo que existe, pero también un ser distante, silencioso y ajeno a la historia humana.
Esta forma de pensar no es nueva. La idea de un Dios que explica el origen del universo pero que no se involucra con su creación ha aparecido en distintos momentos del pensamiento humano.
Comprender estas ideas es importante, porque:
La manera en que entendemos a Dios influye directamente en cómo nos relacionamos con Él.
Antecedentes antiguos: Dios como principio cósmico
Mucho antes de que surgiera el deísmo en la Edad Moderna, algunos filósofos ya habían concebido a Dios principalmente como una causa del universo más que como un ser personal.
Un ejemplo importante aparece en la filosofía de Aristoteles (384–322 a.C.). En su obra Metafísica (Libro XII), Aristóteles propone la existencia del Primer Motor Inmóvil.
Este ser sería la causa última del movimiento del universo: todo se mueve porque existe un primer principio que origina ese movimiento.
Sin embargo, el dios aristotélico no se relaciona con el mundo ni con los seres humanos. Es un ser perfecto e inmutable cuya actividad consiste únicamente en contemplarse a sí mismo. De esta manera, Dios funciona como un principio metafísico que explica el universo, pero no como un Dios personal que interviene en la historia.
Ideas similares también aparecieron en algunas corrientes del estoicismo, donde se hablaba de un logos divino que estructura el universo, entendido más como una razón cósmica que como una persona.
Estas concepciones filosóficas prepararon el terreno para formas posteriores de pensamiento que también entenderían a Dios principalmente como causa del mundo, más que como sujeto relacional.
El surgimiento del deísmo
La forma más clara de esta idea apareció siglos más tarde en el deísmo, una corriente filosófico-religiosa desarrollada principalmente durante la Ilustración europea entre los siglos XVII y XVIII.
Pensadores como Edward Herbert of Cherbury, considerado uno de los primeros representantes del deísmo inglés, defendieron la idea de que la existencia de Dios puede conocerse mediante la razón y la observación del mundo, sin necesidad de revelación sobrenatural.
Posteriormente, autores como John Toland y Matthew Tindal desarrollaron esta perspectiva afirmando que la verdadera religión es simplemente la religión natural accesible a todos por medio de la razón.
En esta concepción, Dios:
Creó el universo.
Estableció sus leyes.
Pero ya no interviene en el mundo.
El universo sería, en cierto sentido, como un mecanismo que continúa funcionando por sí mismo.
El problema de las interpretaciones de Dios
La forma en que las personas imaginan a Dios influye profundamente en la manera en que se relacionan con Él.
El teólogo y traductor bíblico J. B. Phillips analizó este problema en su libro Your God Is Too Small (1952). En esta obra explica que muchas concepciones de Dios en la cultura popular son reducciones o caricaturas que distorsionan su verdadero carácter.
Estas imágenes suelen surgir en un primer nivel popular o práctico, donde Dios es imaginado a partir de categorías humanas simples. Phillips menciona varias de estas ideas distorsionadas, entre ellas:
Dios como policía celestial, que vigila constantemente para castigar.
Dios como poder arbitrario o malevolente.
Dios como un anciano, complaciente y bondadoso que nunca quisiera que los seres humanos dejen de disfrutar la vida y que rara vez intervendría para confrontar el pecado o exigir responsabilidad moral.
Estas representaciones no buscan necesariamente negar a Dios, pero lo reducen a imágenes demasiado pequeñas y humanas.
Un nivel más sofisticado del problema
Sin embargo, el problema de interpretar incorrectamente a Dios no se limita al nivel popular.
Existe también un nivel más sofisticado, donde el error no consiste en caricaturizar a Dios, sino en interpretar incorrectamente su naturaleza enfatizando excesivamente un atributo y descuidando otros.
El teólogo Millard Erickson explica este problema en su obra Christian Theology, donde señala que una comprensión adecuada de Dios requiere mantener juntos los distintos atributos que la Biblia revela.
Cuando se exagera un aspecto del carácter de Dios y se ignoran los demás, se produce una interpretación incompleta y, por lo tanto, distorsionada.
Dos de los atributos más importantes en este equilibrio son:
la trascendencia
la inmanencia
El Dios trascendente
La Biblia afirma que Dios es trascendente.
Esto significa que Dios está por encima de la creación y no forma parte de ella. Él no depende del universo ni está limitado por el tiempo o el espacio.
El profeta Isaías expresa esta realidad cuando declara:
“Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad…” (Isaías 57:15)
También afirma:
“Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.” (Isaías 55:8-9)
Estos textos muestran que Dios es infinitamente superior al mundo que ha creado.
Dios no es una fuerza de la naturaleza ni una energía impersonal dentro del universo.
Sin embargo, la Biblia no se detiene en esta afirmación.
El Dios cercano
El mismo Dios que es trascendente también es inmanente.
La inmanencia significa que Dios está presente y activo dentro de su creación. Él no es un ser distante que observa el universo desde lejos, sino un Dios que se acerca, se comunica y actúa.
Las Escrituras afirman:
“Cercano está Jehová a todos los que le invocan.” (Salmo 145:18)
También declaran:
“¿No lleno yo el cielo y la tierra? dice Jehová.” (Jeremías 23:23-24)
Incluso en el mismo pasaje donde Isaías habla de la grandeza de Dios se añade algo sorprendente:
“Habito… con el quebrantado y humilde de espíritu.” (Isaías 57:15)
El Dios de la Biblia no solo crea el mundo; permanece presente en él.
Escucha, actúa y se relaciona con las personas.
El error de separar lo que la Biblia une
Las distorsiones teológicas suelen aparecer cuando se afirma una parte de la verdad y se niega la otra.
Si se enfatiza únicamente la trascendencia, Dios termina siendo visto como:
Distante.
Inaccesible.
Impersonal.
Pero si se enfatiza únicamente la inmanencia, el peligro es reducir a Dios a algo demasiado cercano o incluso confundirlo con la creación.
La enseñanza bíblica mantiene ambas verdades juntas.
Dios es infinitamente superior al mundo, pero al mismo tiempo está activamente presente en él.
Cristo: el punto culminante de la revelación
El cristianismo presenta la afirmación más profunda acerca de la cercanía de Dios en la persona de Jesucristo.
El evangelio de Juan declara:
“Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.” (Juan 1:14)
La encarnación rompe completamente con la idea de un Dios distante o indiferente.
Si el Dios cristiano fuera:
Impersonal, no se encarnaría.
Indiferente, no mostraría compasión.
Distante, no entraría en la historia humana.
Pero el mensaje central del cristianismo afirma algo radical.
Dios no solo creó el mundo; también entró en él.
En Jesucristo, Dios se hace cercano, visible y accesible.
La visión cristiana de Dios
La teología cristiana clásica sostiene que Dios es simultáneamente trascendente e inmanente.
El teólogo Millard Erickson afirma que el Dios bíblico es al mismo tiempo exaltado sobre la creación y activamente presente en ella (Christian Theology).
De manera similar, el teólogo Wayne Grudem explica que Dios no es una fuerza ni un principio abstracto, sino un ser personal que conoce, ama, decide y actúa (Systematic Theology).
Desde una perspectiva cristiana clásica, podemos decir que Dios es:
Trascendente en su ser.
Inmanente en su acción.
Personal en su naturaleza.
Relacional en su voluntad.
Esta verdad tiene consecuencias profundas.
Solo un ser personal puede:
Amar.
Escuchar oraciones.
Establecer una relación con las personas.
Por esta razón, la oración dentro de la vida cristiana no consiste en informar a Dios de algo que Él no sabe, sino en vivir en relación con Él.
Conclusión
A lo largo de la historia muchas personas han reconocido la posibilidad de que exista un dios creador. Sin embargo, con frecuencia lo han imaginado como un ser distante, impersonal o indiferente al mundo.
El problema de estas perspectivas es que toman solo una parte de la verdad y dejan de lado el resto.
Si afirmamos únicamente la trascendencia, terminamos con un Dios lejano.
Si afirmamos únicamente la inmanencia, terminamos con un Dios reducido.
La Biblia presenta algo más profundo y más completo.
El Dios revelado en las Escrituras no es simplemente una fuerza cósmica, una mente fría o un principio abstracto.
Es el Dios que llama por nombre, que camina con su pueblo y que, en Jesucristo, entró en la historia humana.
El Dios cristiano no solo creó el universo.
También se acerca a quienes lo buscan.




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