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¿CÓMO ADQUIRIMOS LA SALVACIÓN?

  • 1 nov 2025
  • 5 min de lectura

“Muchos quieren llegar al cielo por sus obras, pero solo los que confían en la obra de Cristo entran por gracia.”

Hoy en día se ven a muchas personas, tanto dentro del ámbito cristiano como fuera de él, creyendo que una persona se salva a través de la obediencia a los mandamientos o de hacer buenas acciones. Dentro de las iglesias hay “cristianos” que asisten para ser salvos, dan ofrendas o bienes con ese mismo objetivo, y otros que trabajan dentro de las congregaciones, pero cuando pecan o fallan sienten que han perdido la salvación. Esto se debe a que muchos de ellos nunca tuvieron un arrepentimiento genuino.

Otras personas, aunque no son cristianas, creen que sus buenas obras pueden borrar sus malas acciones, y que cuando mueran, Dios los dejará entrar en el cielo porque “son buenos”.


Viendo esta situación, cabe hacer una pregunta fundamental:

¿Cómo llegamos a ser salvos o cómo adquirimos la salvación?


Aquí podemos citar dos pasajes que responden claramente a esta pregunta:

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).
“Pero al que trabaja, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda” (Romanos 4:4).

Como dice Efesios, la salvación la recibimos como un regalo, no como el pago de una deuda. La gracia no puede adquirirse ni aumentarse con obras. Por tanto, la salvación la recibimos por gracia, por medio de la fe.


Ahora, ¿Qué significa esto o cuáles son sus implicancias?


NATURALEZA CAÍDA

“Antes de entender la salvación, debemos entender de qué necesitamos ser salvos.”

Primero, debemos comprender la condición del ser humano. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (Genesis 1:27) para estar en su presencia; pero al decidir voluntariamente obedecer a la serpiente en lugar de a Dios, se alejó de Su voluntad, perdió la comunión con Él y se convirtió en enemigo de Dios (Romanos 5:10).


El pecado se aprovechó de su debilidad, y por esa razón el hombre se volvió pecador por naturaleza. Esta corrupción afectó a toda la humanidad, ya que Adán era nuestro representante (Romanos 5:12-19).No heredamos su culpa personal, sino una naturaleza pecaminosa que nos inclina al mal. Aunque la imagen de Dios en nosotros fue distorsionada, no fue destruida (Génesis 9:6; Santiago 3:9).


EL ATRIBUTO DE DIOS

“El amor de Dios no contradice Su justicia; en la cruz, ambos se abrazan.”

Uno de los atributos que la gente más resalta es el amor de Dios, y suelen decir: "Si Dios es amor, perdonará mis pecados y no me mandará al infierno”.

Pero junto con el amor, Dios posee otro atributo esencial: la justicia. Dios no puede ir en contra de Su naturaleza. Si es justo, no puede dejar al pecador sin recibir el pago por sus acciones (Romanos 3:26).

Imaginemos que un juez deja libre a un criminal culpable. Diríamos que fue injusto, no amoroso. De la misma manera, Dios no puede ser injusto; por eso dispuso un plan perfecto de salvación: Cristo recibiría el castigo que nosotros merecíamos. Allí se revela el amor del Padre, quien no escatimó en enviar a su Hijo por el rescate de nuestros pecados (Juan 3:16).


ENCARNACIÓN

“El Verbo se hizo carne no solo para morir, sino para mostrarnos cómo vivir.”

Cristo, “siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2:6-7).

Él vino a morar entre nosotros (Juan 1:14), a mostrarnos el camino al Padre, a vivir la vida santa que nosotros no podemos vivir y a llevar sobre sí nuestros delitos.

Solo Dios hecho hombre podía realizar esta obra, porque el valor del sacrificio debía ser infinito. Ni los ángeles ni los hombres podían cumplir esta misión. La encarnación, además de hacer posible la redención, reveló perfectamente a Dios y restauró la humanidad caída en Cristo (Hebreos 2:14-17).


CRUCIFIXIÓN

“En la cruz, el amor de Dios pagó el precio que Su justicia demandaba.”

Cuando Jesús estaba en la cruz dijo: “Consumado es” (Juan 19:30).Esto puede entenderse como: “Pagado por completo”.

¿Por qué dijo eso? Porque en la cruz, Jesús —que era sin pecado— fue hecho portador del pecado (2 Corintios 5:21). No se volvió pecador, sino que Dios lo trató como si fuera el pecado mismo para que nosotros fuésemos declarados justos ante Él.

Así, Cristo es el sacrificio perfecto, ofrecido una vez y para siempre (Hebreos 9:11-12).Jesús pagó el castigo que nosotros debíamos recibir, y gracias a Él, la deuda fue cancelada (Colosenses 2:14).


CÓMO HACER PROPIA LA SALVACIÓN

“Cristo murió por todos, pero la salvación se aplica solo a quienes creen.”

Aunque Cristo pagó el precio por los pecados de toda la humanidad (1 Juan 2:2), la salvación no se aplica automáticamente. Para recibirla, es necesario:

a. Creer en Jesús

“Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9).


b. Confesar y arrepentirse

“Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

No podemos confesar lo que no reconocemos. Reconocer nuestro pecado implica entender que el estándar no es el hombre, sino Cristo (Romanos 3:10-18).


El arrepentimiento (“μετάνοια” — metanoia) significa un cambio de mente y dirección, una reorientación total hacia Dios. Con un arrepentimiento genuino podemos aceptar a Jesús como nuestro Señor y Salvador.


Entonces, nuestros pecados son transferidos a Él, y Su justicia es puesta en nosotros: a esto se le llama sustitución. Ante el Padre, somos declarados justos porque Cristo recibió nuestro castigo. Ahora tenemos acceso directo al Padre por medio del Hijo (Hebreos 4:16), y recibimos al Espíritu Santo, nuestro Consolador (Juan 14:26).


VIDA NUEVA Y SANTIFICACIÓN

“No hacemos buenas obras para ser salvos, sino porque hemos sido salvados.”

El Espíritu Santo nos da la capacidad de vivir conforme a la voluntad de Dios (Gálatas 5:16-25).Ya hemos sido justificados y caminamos en el proceso de santificación. Jesús nos ha hecho santos de manera posicional (1 Corintios 1:2), y ahora el Espíritu nos transforma día a día en santidad progresiva (2 Corintios 3:18).

Cuando pecamos, la gracia nos permite acercarnos a Dios con arrepentimiento para restaurar la comunión. Las buenas obras no nos salvan, sino que son evidencia de nuestra salvación (Santiago 2:17). Son fruto del Espíritu y reflejan la vida de Cristo en nosotros, para glorificar a Dios (Mateo 5:16).


Debemos entender que no dejaremos de luchar contra el pecado. El creyente vive en un proceso donde su naturaleza antigua muere poco a poco, mientras Cristo vive y se refleja a través de él (Gálatas 2:20).


“El pecado habita en mí”, decía Pablo (Romanos 7:20, 25), pero también afirmaba: “Gracias doy a Dios por Jesucristo Señor nuestro”.

Por eso, la salvación es por fe, creyendo en Cristo y reconociendo nuestra necesidad de Dios, no por obras ni herencia humana.


“La fe genuina produce obediencia; la obediencia genuina nace del amor.”

Analicemos nuestras vidas y veamos si realmente somos salvos por la fe o si estamos tratando de alcanzar la salvación por medio de nuestras obras.

Pero tampoco dejemos de vivir conforme al propósito de Dios. Solo Cristo salva, solo Cristo redime, y los redimidos reflejan a Cristo en su vida a través del amor (Juan 13:35).

“Las obras no son el camino hacia la salvación; son el reflejo de quien ya fue salvado.”

 
 
 

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